Ian Gibson: “Las aves me abrieron la puerta de España”

Entrevista a Ian Gibson en Aves y naturaleza 13, la revista de SEO/BirdLife

GibsonSEOBirdLife
Ian Gibson. Foto: Josefina Maestre

 

Cuando Ian Gibson mira a través del balcón de su casa ve mucho más que los tejados antiguos del popular barrio madrileño de Lavapiés. Cernícalos, gaviotas y grullas salen al encuentro de sus prismáticos, siempre cerca de la mesa de trabajo. Pocos conocen la faceta ornitológica y naturalista de este hispanista y escritor que encuentra el misterio de la vida en las marismas y en los cantos de los ánsares. Socio de SEO/BirdLife, muestra verdadera pasión por Doñana, cuya visita califica como la versión ornitológica del viaje a la Meca. A punto de publicar su última biografía, dedicada a Buñuel, manifiesta rotundo que hay que ser militante en la conservación de la naturaleza.

Aves y naturaleza. “Mi patria es la literatura”, le hemos leído en alguna ocasión. Si la literatura es la patria, ¿qué papel juega la naturaleza en su vida”?

Ian Gibson. Creo que juega un papel fundamental. Tuve la suerte de tener un padre naturalista y también amante de los libros, por lo que para mí ambas cosas están muy relacionadas: las recomendaciones de lectura y las relacionadas con el paisaje, los pájaros y la naturaleza. Le debo muchísimo. Había un autor en particular que ofrecía ambas facetas: Peter Scott, el gran ornitólogo y pintor británico, hijo del explorador, amante de las aves acuáticas, como yo. Con trece años era un férvido seguidor de Scott.

AyN. Es esta, la de naturalista, una faceta que no ha manifestado públicamente muy a menudo. Seguramente el lugar donde lo ha hecho más evidente es en su libro Viento del Sur, su primera novela, en la que el protagonista, John Hill, hispanista como usted, manifiesta una gran pasión por las aves. ¿En qué grado se identifica con él?

IG. Yo le traslado a él mi propia pasión por la naturaleza, sobre todo por los ánsares y, como decía, por las aves acuáticas en general. Había al sur de Dublín unas marismas donde invernaban cuatrocientos o quinientos ánsares que llegaban cada invierno desde Islandia. Iba a verlos con mi padre, no había casi nadie y a veces ocurrían cosas increíbles. Para mí, el misterio de estas aves migratorias que nacían en el norte de Europa, y luego volaban al sur a pasar el invierno, era la voz más profunda de la naturaleza. Era maravilloso ir a las marismas y oír el canto de las ocas. Aquello me dio algo que sigo sin entender muy bien: algo muy profundo, casi olvidado, del pasado lejano, el misterio, el aspecto telúrico del paisaje, lo antiguo, lo mítico. En aquellas marismas había una playa en la que criaban en verano charranes y también había ostreros… Era mi paraíso infantil, que ha quedado para toda la vida, y es lo que he querido plasmar en la novela.

AyN. El protagonista de Viento del Sur dice en el prólogo, “al escuchar los ánsares… me invadió un sentimiento de profunda gratitud. Se repetía el ciclo. Habían regresado. Ya no sentía miedo”. También a usted el ciclo de la naturaleza le aporta seguridad?

IG. Creo que el hombre contemporáneo ha perdido en gran parte el contacto con la naturaleza, y es un gran error porque somos naturaleza. Reconforta saber que el ciclo sigue. Yo no sabía nada de Doñana hasta los 17 años, cuando un ornitólogo irlandés me habló de su experiencia. A los 21 años, un tío me regaló el libro La España inexplorada, de Buck y Chapman. Fue entonces cuando descubrí que decenas de miles de ánsares pasaban el invierno al sur del Guadalquivir. Decidí que tenía que ir allí. Y cuando vi esas bandadas, primero volando y luego en las dunas comiendo arena…, fue un momento único que creo no repetiré porque no quiero que nada interfiera en los recuerdos de aquella experiencia. Algo absolutamente fantástico, increíble. Nunca había visto un espectáculo parecido. ¡Eran los mismos ánsares que yo veía de niño en Dublín! Fue como reanudar mi contacto con ellos. Es muy difícil explicar esta emoción a quien no lo siente. Y, como John Hill, me gustaría pasar mis últimas horas escuchando este canto en Doñana.

AyN. Dice también el protagonista de Viento del sur: “Doñana me llegó al fondo del alma -¿o estaba ya allí?-, y comprendí que no se había tratado de una simple visita sino de la versión ornitológica del peregrinaje a Meca”. ¿Lo siente usted también así?

IG. Sí, así lo siento. El lugar francamente es extraordinario

AyN. Qué entró antes en su vida ¿la literatura o las aves españolas?

IG. Es difícil decir. Vine a España, en el año 56 o 57, con una recomendación muy especial de ese ornitólogo irlandés. Traía una carta de él para Francisco Bernis, al que fui a ver al Museo de Ciencias Naturales. Fue muy afable y también me dijo que debía ir a Doñana. Creo que nunca volví a verle aunque tuvimos una pequeña relación epistolar. Años más tarde conseguí la primera edición española de la Guía de campo de las aves de España y Europa, de Hollom, Peterson y Mountfort, para la que Bernis realizó un prólogo. Ese libro, con las tapas ya amarillas, es uno de los tesoros que me acompañan siempre que voy al campo. Forjé una relación en la distancia que reforzó en mí la vocación de hispanista y ornitólogo. Desde luego si no existiera Doñana y sus ánsares quizás yo ahora estaría en París hablando de Flaubert en vez de aquí en esta entrevista o pensando en García Lorca.

AyN. Socio de SEO/BirdLife desde hace unos años, en 2012 colabora con esta ONG participando en el festival DeSEO Arte. Allí dijo “Soy ornitólogo de toda la vida. Lo tengo en la sangre”. ¿Cuáles son sus recuerdos más recientes como ornitólogo en España?

IG. Mi experiencia ornitológica más profunda reciente ha sido recorrer Las Hurdes, con motivo de la biografía de Buñuel que acabo de terminar, y también Monfragüe para ver cigüeñas negras. No he tenido mucho tiempo libre en estos años para ir a ver pájaros los fines de semana, pero lo hago desde mi ventana. Hay un par de cernícalos que frecuentan una antena y este año y los dos anteriores he observado sus evoluciones, sus amores y su familia nueva, sus crías. Veo también las gaviotas al atardecer y amanecer. Muchos madrileños no se dan cuenta de que hay cincuenta o sesenta mil gaviotas, aves de mar, que pasan el invierno aquí. Es muy hermoso observar cómo, según el tiempo que hace, si hay brisa o nubes, varían la direccióndel vuelo, y a menudo pasan encima de mi casa. También a veces pasan bandos de grullas. Yo trabajo siempre con el oído atento para escuchar y ver todo esto desde mi casa de Lavapiés.

AyN. ¿Le preocupan los problemas vinculados al medio ambiente y la conservación de la naturaleza? ¿Está al tanto de la política ambiental de España y Europa?

IG. Me preocupan muchísimo, pero no los sigo muy de cerca, aunque ahora que voy a estar más libre voy a dedicar más tiempo y atención a estos temas y a colaborar para concienciar a la gente. Me encuentro al final de un ciclo, creo que voy a empezar otro, y he decidido que este otro incluya más dedicación a los aspectos ambientales. Es fundamental. Estamos locos. El hombre se ha separado de la naturaleza y tenemos que protegerla; hay mucho que hacer en este sentido. No voy a escribir más biografías; son obsesivas y no dejan tiempo para nada más. Quiero salir más al campo y luchar a favor del medio ambiente. Hay que salvar el paisaje. No se puede estar en una butaca como yo mirando un libro de aves. Hay que ser militante y participar en acciones directas para proteger el medio ambiente.

AyN. “Creo que hace falta una revolución”, dijo también en el festival DeSEO Arte. ¿Una revolución de qué tipo?

IG. Una revolución que cambie nuestra actitud hacia la naturaleza. Tenemos que darnos cuenta de que somos naturaleza, vivir de forma más sencilla, leer más, observar más, consumir menos, vivir menos deprisa y estar más en contacto con lo que nos rodea. Voy al parque de El Retiro dos veces en semana a andar y veo a gente corriendo con cascos que no se dan cuenta de que hay un petirrojo cantando o una ardilla subiendo y bajando. El Retiro es maravilloso, cada vez descubro algo nuevo. La gente vive vidas muy complicadas, cada vez con más aparatos, más pantallas y más distracciones.

AyN. “Lorca y los pájaros” fue el título de su conferencia en el festival. ¿Cómo trata en su obra Federico García Lorca a las aves y la naturaleza?

I.G. Él es un poeta telúrico y le interesa todo lo que está relacionado con la tierra, los pájaros, la luna, el sol o el agua en sus distintos matices. Él es así, aunque no ornitólogo. Es un hombre que ama y se identifica con la naturaleza. Sin la naturaleza que el observó en su infancia no tendríamos esta obra impregnada de alusiones al paisaje.

AyN. ¿Considera que Lorca fue o habría sido un intelectual comprometido con la defensa del medio ambiente?

IG. Creo que sí. Su obra es ecológica. Está comprometido con la defensa de los seres que no pueden vivir su vida, de los débiles. En uno de sus poemas de Nueva York él ve que allí todo es cemento, un cemento impenetrable, y habla de los topos que no pueden subir a la superficie, o de los coches que matan pequeñas criaturas. Está siempre con los que sufren, con los perseguidos. Le veo como un defensor de la naturaleza. No le gustaba la violencia y creo que habría sido socio de las sociedades proteccionistas.

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *